José Catalán Deus

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Edipo, en versión ‘inmersiva’

(Redacción)

Son tantas las versiones teatrales (y cinematográficas) del ciclo tebano de Sófocles, especialmente de la tragedia de Edipo, que encontrarle un nuevo enfoque se convierte en cuestión prioritaria para quien decide llevarla de nuevo a escena. Con mucha más razón si el que lo pretende es Declan Donnellan (Manchester, 70 años), uno de los grandes nombres del teatro internacional actual.

Experto en sacarle punta a los dramas clásicos, -como vimos en 2022 en su personal puesta en escena de “La vida es sueño”, de Calderón-, el “Oedip rege” (“Edipo Rey”) que ha dirigido y ha producido con su compañía Cheek by Jowl y el Teatrul Naţional Marin Sorescu de Rumanía, es un ‘más difícil todavía’, un salto arriesgado en esa búsqueda de la originalidad. En lo que parece ser el inicio de una gira internacional, Donnellan rompe en esta versión las barreras entre el escenario y el patio de butacas, y convierte a los espectadores en una multitud de ‘tebanos’ que rodean a los actores y son rodeados por estos. No es que la idea no tenga precedentes, alguno de los cuales hemos visto en este mismo complejo teatral madrileño, pero en este caso contiene elementos nuevos.
La Sala Verde de los Teatros del Canal se convierte en un espacio continuo, sin butacas ni escenario, y en ese espacio se mueven con extraordinaria maestría los actores del Teatrul Naţional Marin Sorescu. La obra, dicen, ha sido un éxito absoluto en Rumanía, pero la apuesta afronta numerosos riesgos que resultaron evidentes en la sesión inaugural del miércoles. “Las tragedias no tratan sobre los héroes, tratan de la gente común. Una buena tragedia resulta ser un espejo”, nos dice Donnellan. Y su propósito es que el público se vea reflejado en el espejo de esa tragedia que Sófocles escribió en el siglo V a.c..

Los actores están tan cerca, que podemos tocarles, observar detenidamente sus gestos y seguir sus movimientos. Vemos las gotas de sudor en la frente de Claudiu Mihail, un Edipo lleno de energía que soporta sobre sus hombros todo el peso de la representación, de la que lo sabemos casi todo. Edipo es rey de Tebas cuando comienza la pieza, y la ciudad se enfrenta a una terrible peste, representada aquí por un enfermo atendido por varios doctores en la cama de una UCI, que nos recuerda a la reciente pandemia de coronavirus. Edipo ha enviado a su cuñado, Creonte, a que pregunte al oráculo de Delfos cómo podrán librarse de esta pesadilla. Creonte volverá con un dictamen: la peste no remitirá hasta que no sea atrapado el asesino de Layo, el anterior rey de Tebas.

La búsqueda del asesino llevará a Edipo a darse de bruces con la verdad: él es ese asesino, y al matar a Layo -y responder después al enigma que le plantea la Esfinge que le impide el paso a Tebas, convirtiéndose así en el nuevo rey de la ciudad, y en el nuevo esposo de Yocasta, la reina viuda- ha cumplido, sin saberlo, la profecía que anunció el mismo oráculo, consultado por Layo al nacer Edipo: el heredero mataría a su padre y yacería con su madre. El oráculo es ese destino en la sombra del que resulta imposible escapar. Lo intentó Layo, al ordenar la muerte del recién nacido. Pero Yocasta lo entregará a un criado que lo abandonará en el monte, donde lo encontrará un pastor que se lo entregará a los reyes de Corinto, Polibo y Merope, encantados de obtener así un heredero. Edipo crecerá feliz, pero el comentario de un borracho, asegurándole que no es el hijo de Polibo, le llevará a consultar al oráculo, quien repite la profecía ya oída, decidiéndoles a abandonar Corinto, y precipitará así su desgracia.

El tema no es del todo original. Herodoto menciona también en sus “Historias” el caso del rey medo Astiajes que decide deshacerse de su nieto, recién nacido, cuando el oráculo de Delfos le dice que le arrebatará el trono. El niño, que tampoco será ejecutado, no es otro que el futuro emperador persa Ciro, y la profecía se cumplirá. En el caso de Edipo la tragedia es mayor. Y tendría que resultar aún más evidente con los actores enfrentados al público sin barrera escénica alguna. Contra todo pronóstico, sin embargo, la cercanía física nos aleja del drama y convierte el espectáculo en un extraño caos de espectadores corriendo de un lado a otro del espacio escénico. Algunos, distraídos con el móvil en una discreta esquina, y otros, sentados por el suelo, incapaces de soportar de pie una hora y media de representación. Resulta misterioso que esta proximidad entre actores y público permita una desconexión entre ambos mayor de la que puede darse en el esquema teatral convencional.

¿Qué es lo que ocurre, entonces? Vemos a un Edipo, interpretado impecablemente por Claudiu Mihail, caminar entre el público, estrechar manos, dar algún abrazo, y observamos las sonrisas de complicidad en la gente, cierta incomodidad incluso. Mihail es, quizás, excesivamente expresivo, pero su interpretación es notable. Lo que ocurre es que el espectador se ve obligado a seguir la acción, deambulando por la escena tras los actores, al mismo tiempo que intenta leer los subtítulos en castellano. No es cosa fácil sortear a los espectadores acuclillados, y desplazarse por la sala sin perder de vista la acción, en abierta competición con 120 ‘tebanos’ que intentan lo mismo, mientras se lee el texto sobreimpreso en cualquiera de las cuatro paredes de la sala.

Hay que señalar la excelencia con la que los adaptadores rumanos han resumido el texto en apenas hora y media, sin que falte ningún elemento esencial, y sin que sobre nada. Si acaso, resulta excesivo el papel del ciego vidente, -que aquí es una mujer-, Tiresias. Excelente también los escasos detalles escenográficos: la mesa principesca para tres comensales, donde se sentarán en un momento dado Polibo, Merope y el propio Edipo, mientras suena la música; o los elementos funerarios que acompañarán el cadáver de Polibo, mientras Edipo se precipita a la catástrofe final. Bien logradas las escenas finales, cuando Edipo se desnuda en medio de la sala antes de entrar en el palacio en busca de su esposa y madre, y de donde saldrá con el cuerpo ensangrentado tras traspasarse los ojos con las fíbulas del vestido de ella, para bailar de nuevo un vals al son de la misma música, sosteniendo el cuerpo sin vida de Yocasta.

TEATROS DEL CANAL
Edipo rey (Oedip Rege), de Sófocles

Intérpretes:
Edipo – Claudiu Mihail
Yocasta – Ramona Drăgulescu
Creonte – Vlad Udrescu
Tiresias – Tamara Popescu
Sacerdote – Alex Calangiu
Mensajero – Nicolae Vicol
Segundo mensajero – Iulia Colan
Líder – Angel Rababoc
Coro – Anca Maria Ilinca, Marian Politic
Pastor – Eugen Titu
Merope – Corina Druc
Polibio – Bruno Noferi

Texto: Sófocles
Traducción a rumano: Theodor Georgescu & Constantin Georgescu
Director: Declan Donnellan
Escenografía y vestuario: Nick Ormerod
Asistente de dirección: Laurențiu Tudor
Diseñadores asistentes: Adelina Galiceanu, Petri Ștefănescu
Música original: Cári Tibor
Diseño de iluminación: Dodu Ispas
Consultor de dramaturgia: Haricleea Nicolau
Figuración: Noah de Diego, Enare Martín, Constanza Sanz, Leyre Siu, Alba Tesías, Juan Vigiola y Paula Womez

Producción: Teatrul Naţional Marin Sorescu (Craiova, Rumanía) y Cheek by Jow
Duración: 1 h 15 min (sin intermedio).