Si todos somos dos, este famoso escritor francés confirma la regla. Desagradable y atrayente, perspicaz y romo, por momentos sugerente antes de precipitarse al pantano maloliente de la ‘cultureta’ decadente que hundirá Occidente. ‘El mapa y el territorio’ parte pues de una celebrada disquisición: el mapa que manejamos y trazamos para ordenar nuestras ideas, no es el territorio vital exactamente, aunque lo represente con un conjunto de señales convencionales que aparentemente entendemos y desciframos. Por más detallado que sea un mapa, siempre será una representación limitada de un territorio, una interpretación fragmentada. Los medios de comunicación a fuerza de repetición moldean la opinión pública y la Programación Neurolingüística (PNL) -uno de los componentes más intelectualizados del intento de cambio de paradigma que supuso la New Age- intenta con ello diseccionar la experiencia humana, cómo organizamos lo que percibimos y cómo revisamos y filtramos el mundo exterior mediante nuestros sentidos. Ese famoso cuadro de Magritte: «Esto no es una pipa».
Una novela en su mayor parte interesante, aunque tiene una sensible bajada de tono coincidiendo con un giro argumental en el capítulo tercero. Una novela entretenida, de estas bien documentadas que le hacen creer al lector que aprende cosas, y ciertamente obtiene alguna información de ambientes exóticos, en este caso consecutivamente el mercado/mundo del arte actual, herramientas pictóricas y fotográficas, gastronomía, televisión y turismo francés, autopistas parisinas, decoración, y colaterales recursos al estilo Wikipedia sobre insectos, autopistas, marcas y supermercados.
Una novela a la antigua usanza, por tanto una impostura ficcional que suena a falso desde el primer momento, trufada de diálogos imposibles al estilo de los guiones de Hollywood, donde hasta los perros son inteligentísimos y te dejan pasmado con sus oportunos ladridos. Una novela también con intercaladas dosis apreciables de sinceridad, de comentarios y opiniones interesantes sobre la vida y la muerte, sobre la vejez, la soledad, la familia, la pareja y los benditos niños que si son propios, pasan, pero que si son del prójimo, atufan. Una novela finalmente que no se atreve a permanecer en sus originales planteamientos y de repente se convierte en un (¡otro!) ‘thriller’, sanguinolento, tedioso y ‘déjà vu’.
Una novela bien traducida, de dimensiones aceptables, que se lee con facilidad y que ni irrita ni avergüenza ajenamente, lo cual ya es mucho en estos tiempos. Si cae en las manos del habitual devorador de libros de entretenimiento, será apreciada como superior al ochenta por ciento de lo que hay en las estanterías, sobre todo de origen nacional y europeo. Si termina en la mesilla de algún pájarraco raro, esa gente que lleva ya décadas sin apenas leer novelas porque las considera un producto intelectual desfasado y hasta una tomadura de pelo y una pérdida de tiempo, el juicio será probablemente peor. Imagínense por ejemplo que uno ha leído únicamente en el último par de años algo tan raro como ‘Pepita Jiménez’ de Juan Valera, las cosas de Roberto Bolaños, el ‘¡Tierra, tierra!’ de Sandro Márai, parte de las inmensidades de ‘El hombre sin atributos’ de Robert Musil y alguna otra cosa de la que ni se acuerda, es decir, un esporádico y reluctante lector de novelas que ha abierto en ese plazo de tiempo más de una docena de propuestas muy vendidas abandonándolas en la tercera página, y que tiene mucho que leer y mucho que hacer todos los días. En ese caso, la opinión no será ni desfavorable ni favorable, una lectura que se olvidará pronto a la que se ha llegado por capricho del azar y del destino.
Michel Thomas, conocido como Michel Houellebecq, es esa bicoca polémica que los editores actuales aman, la critica no desdeña y los medios entronizan para mostrarse refinados. Sin embargo, algunas de sus posturas públicas nos gustan por demás. Al igual que él, usamos Wikipedia sin complejos y con agradecimiento para aportarles por si lo agradecen que sus obras y opiniones, muy críticas con el pensamiento políticamente correcto y con los restos de mayo del 68, le pusieron en el punto de mira de algunos medios, que lo acusaron de misógino, decadente y reaccionario, lo cual sólo hizo que aumentaran su popularidad y sus ventas.
Por si fueran pocos los reproches, debido a algún pasaje de su ‘Plataforma’, donde aparece el tema del terrorismo islamista, se le sumó el de «islamófobo». Como no se puede denunciar a nadie por lo que opine un personaje de ficción, la oportunidad para sus detractores vino a raíz de una entrevista en la revista literaria ‘Lire’, publicada en septiembre de 2001, en las que afirmó que «la religión más idiota del mundo es el Islam» y que «cuando lees el Corán se te cae el alma a los pies». Fue entonces denunciado por varias agrupaciones islámicas y de derechos humanos por «injuria racial» e «incitación al odio religioso».
El juicio, celebrado en París en octubre de 2002, dividió a la comunidad intelectual internacional entre defensores y detractores de la libertad de expresión, algo que recordó al caso Rushdie. Fue absuelto de todos los cargos: el juez argumentó en la sentencia que las críticas a la religión son perfectamente legítimas en un Estado laico. Adorado por sus incondicionales (Fernando Arrabal le considera el mejor escritor francés vivo) y denostado por variados oponentes, desde puritanos religiosos a papas izquierdistas, sus libros copan los suplementos literarios, las reediciones se suceden y se traducen a numerosas lenguas.
El mapa y el territorio (La carte et le territoire, 2010), acaba de ser publicada por Anagrama. Ganó el premio Goncourt y es su sexta novela. Va bene!, Vade retro!, E pur se muove!


