Érase una vez un cuento de hadas de la tradición oral europea, que inspiró dos versiones literarias bien conocidas y bastante parecidas, la francesa de Charles Perrault en 1697 (La Bella Durmiente del Bosque) y la alemana de los Hermanos Grimm (Bella Durmiente), aunque la versión más difundida y más conocida es la película de dibujos animados creada en los años 50 por Walt Disney. Érase una vez un ballet con coreografía de Marius Petipa y música de Piotr I. Tchaikovsky que se estrenó en San Petersburgo en 1890 basado en la versión de Perrault, que en su tercer acto, recreaba otros de sus famosos cuentos, como El Gato con Botas y Caperucita Roja. Y érase finalmente una vez un coreógrafo, Jean-Christophe Maillot, que en 2001 creó un nuevo ballet sobre el cuento, incorporando a la partitura de Tchaikovsky trozos de otro de sus célebres ballets, Romeo y Julieta, para recuperar el simbolismo original y montar una historia para adultos. Con esta pieza, la compañía Les Ballets de Monte-Carlo lleva diez años cautivando a públicos de todo el mundo, revisión contemporánea de un clásico que se ha convertido en emblema de la compañía. El Teatro Real abrió con este bellísimo espectáculo de estética tradicional y concepción conservadora una temporada que quiere ser innovadora.
Maillot quería dar una visión más dramática y cercana al cuento de Perrault. Para ello prescindió del guión original de Petipa, y en cuanto a la música original de Chaikovski que le resultaba muy almibarada, la modificó para que resultara más dramática. Difícil será contemplar esta temporada un espectáculo de estética más deslumbrante y de belleza más convincente. Durante los dos primeros actos podrá parecer que la forma eclipsa al fondo y que en realidad el despliegue escenográfico es excesivo para un cuentecillo. Pero en el tercer acto, la pieza adquiere tal altura, tal transparencia y tal magnitud que despeja todas las dudas.
Sumando músicas de dos ballets diferentes del mismo compositor, Maillot ha creado una nueva pieza para ejemplo de versionistas fieles al original y al tiempo creativos. La escenografía ideada por Ernest Pignon-Ernest es una maravilla de sobriedad deslumbrante, con pocos pero magníficos componentes, usados con sobriedad y gusto máximo, que la iluminación de Dominique Drillot convierte en contextos mágicos.
Hasta cuarenta bailarines se suceden en escena, y los figurines de Philippe Guillotel consiguen dotarlos de magnificencia general y hasta de excepcionalidad en algunos casos. La Bella está a cargo de Anja Behrend, y Chris Roelandt personifica al Príncipe: forman una pareja de cuento y están cautivadores en su baile, en sus gestos y movimientos. Junto a ellos se agiganta la figura de Carabosse, un excepcional personaje interpretado magníficamente por Jerôme Marchand.
Les Ballets ya trajeron en abril de 2009 al festival Madrid en Danza, otra coreografía de Maillot, un Fausto impresionante que nos indujo a escribir que era ‘demostración de que algo llamado el ballet neoclásico existe, y puede ser superior a todo lo que se imagina, ópera y cine incluidos’.
El director de la orquesta titular en Montecarlo, Nicholas Brichot, consigue al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real un grandísimo resultado. Chaikovski despliega el poder intacto de una música perfecta, en el justo pivote central de la evolución del género en los últimos siglos, clásico y romántico, añejo y juvenil, tradicional sin ripios y moderno sin estridencias. Apoyado en su música, Chaillot monta un ballet poblado de gestualidad contemporánea pero completado de ese clasicismo insustituible, de esas puntas y esos trompos y esas piruetas y esa elegancia sin igual que hicieron del ballet clásico una cumbre de nuestra civilización.
Todo ello llega a su cima en el tercer acto, cuando se desarrolla ante nuestros fascinados ojos una escena de amor que pasará a las más exigentes antologías, con ese interminable beso de cuento de hadas, una transfiguración sobrehumana de amor idealista que detiene el tiempo, desencadena el milagro y arriba a esos éxtasis que pocas veces consigue la creación artística y es su meta más preciada.
Digamos algo menos entusiasta para compensar. La trama sólo puede seguirse gracias a que te la cuentan previamente, siendo confusos los dos mundos paralelos si es que se quieren racionalizar. Todo el espectáculo está inmerso en un limbo decadente que puede culpabilizar un tanto al espectador amante de los desafíos. Es un retorno a los valores de siempre, es un himno de ideología tradicional, un ejemplo claro de que en Europa existen unas raíces conservadoras de no tan fácil desarraigo como el que ha tenido lugar en España.
Con Les Ballets de Monte-Carlo, Gérard Mortier vuelve a explicitar la paradoja de su figura. El gran escandalizador es un burgués de aúpa. Y como introducción a Shostakóvich y Golijov, a Platel y Abramovic, nos ha servido uno de los platos más reaccionarios que se sirven en el continente. Parece claro que su método es de síntesis, mezclar ingredientes que conjuntamente conformen no solamente un menú atractivo, sino que también contenga una especie de complejo vitamínico para nuestras atribuladas almas.
Maillot y su compañía representan hoy el intento más logrado de integración del ballet clásico en la danza contemporánea. Algo que era necesario, porque no se deben perder las altas cotas de perfección que alcanzó aquel ni retroceder en el despliegue de expresividad y perspicacia que han supuesto las nuevas formas de expresar con el cuerpo el mensaje de la música más elevada.
Para ver una muestra de la propuesta.
Aproximación al espectáculo (valoración del 1 al 10)
Concepto: 9
Coreografía: 8
Interpretación: 8
Escenografía: 8
Iluminación: 8
Vestuario: 7
Realización: 8
Producción: 8
TEATRO REAL
TEMPORADA 2011/2012
LA BELLE
LES BALLETS DE MONTE-CARLO
6, 7, 8, 9, 10 y 11 de septiembre
Con el patrocinio de la Fundación Loewe
Coreografía: Jean -Christophe Maillot
Música: Piotr Ilitch Tchaikovski
Escenografía: Ernest Pignon Ernest
Vestuario : Philippe Guillotel
Iluminación: Dominique Drillot.



