José Catalán Deus

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Chagall. Un grito de libertad

Con este emblema vuelve a Madrid la obra del gran pintor judio ruso que dentro de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX mantuvo siempre su original personalidad. Sus incondicionales, entre los que nos encontramos, tienen en esta propuesta de la Fundación Mapfre un motivo de alegría. Y el público en general una oportunidad de conocerlo a fondo.

A lo largo de su vida, Marc Chagall (1887-1985) atravesó algunos de los acontecimientos más traumáticos del siglo XX, las dos guerras mundiales, el surgimiento de la URSS y la Shoáh, sufriendo también el desarraigo y la migración, condición encarnada por las figuras que pueblan tantas de sus pinturas. Desde su infancia en Rusia, pasando por Alemania, Palestina y Estados Unidos, hasta su vuelta a Francia después de un exilio de siete años, la exposición hace un recorrido completo por su trayectoria artística.

El crítico de arte Robert Hughes se refirió a Marc Chagall como «el artista judío por excelencia del siglo XX». Le dio a la sombría vida de los judíos eslavos los «tonos románticos de un mundo encantado». Este trasfondo cultural judío ruso fue crucial para su universo artístico, para su fantástica imaginación. Pero no fue un judío practicante y trató de sugerir un «mensaje más universal», usando heterodoxamente el símbolo de la cruz y abundando en la figura de un cristo judío, cuando la religión judía le considera un falso mesías. Su relación con su identidad judía fue conflictiva y se esforzó por distanciar su obra de un enfoque centrado en su ascendencia. Y así, meditó la tradición de su cultura manteniéndola a distancia, sin integrarse en la ortodoxia radical, en el sionismo. En la inauguración del Museo Chagall de Niza diría: «Mi pintura no representa el sueño de un pueblo, sino el de toda la humanidad». Habría muerto sin los ritos judíos, si un desconocido asistente a su entierro no hubiera recitado el kaddish, la oración judía por los muertos, junto al ataúd por iniciativa propia.

En un desafío a los preceptos de sus raíces judías hasídicas, que restringían la representación de imágenes tridimensionales para evitar la tentación de idolatría, Chagall emprendió su carrera de artista muy temprano. y se mantuvo siempre en el terreno de la representación figurativa. Marcada por las vicisitudes vitales, su obra se mueve en un mundo entre lo real y lo imaginario que esta propuesta expositiva busca inclinar hacia lo primero, abrir caminos a una nueva lectura de su obra, más inclinada a resaltar su testimonio sobre los acontecimientos históricos que le rodearon.

Con un recorrido ordenado de manera cronológica y temática, la exposición se compone de más de ciento sesenta obras y más de noventa documentos, en su mayoría inéditos, procedentes del Archivo Marc e Ida Chagall. Asimismo, podrá contemplarse, por primera vez, una selección de los escritos del artista en yidis, su lengua materna, en la que expresaba preferentemente sus opiniones sobre asuntos mundanos.

En la muestra destaca la presencia de algunas obras claves en la trayectoria del artista, como ‘Commedia dell’arte’, el enorme oleo que recibe al visitante. En esta obra de dimensiones monumentales, encargada al artista para el teatro de Frankfurt tras la Segunda Guerra Mundial, Chagall compara el espectáculo del circo con el carácter trágico de la existencia humana. En el recorrido sobresale también ‘El violinista verde’, préstamo del Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, una pintura en la que el artista refleja su propio sentimiento de desarraigo tras abandonar Rusia de forma definitiva en 1922, a través de la representación del violinista, figura clave en las ceremonias judías, que deambula sin rumbo fijo sobre los tejados de su ciudad natal. Por su parte, ‘La crucifixión en amarillo’, realizada durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el artista se encuentra en el exilio, simboliza el sufrimiento del pueblo judío a través de la representación de Cristo con el paño blanco de oración o talit alrededor de las caderas y una gigantesca Tora en la mano derecha.

Entre las obras realizadas en las últimas décadas de su vida destacan los estudios para los conjuntos monumentales en torno al tema de la paz, como los de la vidriera para la sede de Naciones Unidas de Nueva York o los de las vidrieras de la capilla de los Cordeleros de Sarreburgo. Finalmente, ‘La caída de Ícaro’ cierra el recorrido y funciona como una metáfora que vendría a mostrar en la interpretación de las comisarias de la muestra, cómo sólo el compromiso por la igualdad y la libertad y el respeto hacia el otro puede salvarnos de caer al vacío, a la vez que ejemplifica la exploración de técnicas, colores y empastes que protagonizaron la obra tardía del artista.

La exposición viene de Roubaix e irá posteriormente a Niza. El catálogo que la acompaña insiste desde distintas perspectivas en las implicaciones sociopolíticas de la obra de Chagall, mostrando a un artista muy pendiente de los convulsos contecimientos que le tocó vivir. Además de reproducciones de todas las obras expuestas, incluye una selección de cuarenta y tres documentos de archivo en su mayoría inéditos. Editado por Mapfre en castellano, lo es en francés por Gallimard. Recordemos que en 2012 hubo una gran retrospectiva organizada por el Thyssen y CajaMadrid.

La propuesta quiere ser una reinterpretación en clave política de la obra de Chagall, más politizado de lo que se pensaba, menos espiritual y trascedente de lo que se creía. Pero en nuestra opinión no lo consigue, porque en realidad, aunque vivió en su tiempo, se ilusionó con la revolución bolchevique, -que iba a representar una resurrección de la cultura yidis y se quedó por el camino-, vivió con horror el antijudaísmo europeo precursor del nacionalsocialismo alemán, creyó en un Israel que le fue decepcionando -véase su impresionate El muro de los lamentos, en el que pacíficos musulmanes observan tranquilamente a pacíficos judíos orando-, y lanzó mensajes de concordia entre la cruz y la tora, nunca se comprometió con ninguna causa concreta y siempre mantuvo su visión poética del mundo, sus fantasiosas escenas y sus dulces colores como lo más representativo de su obra. Más que un grito de libertad fue lo suyo un ansia de transcendencia.

El recorrido se organiza en los siguientes espacios:

IDENTIDADES PLURALES: EL ARTISTA MIGRATORIO
Dentro de su obra, el autorretrato ocupa un lugar relevante. El primero del que se tiene constancia, fechado en 1907 y que podemos contemplar en la exposición, sienta las bases de una práctica que cambió poco a poco con el tiempo, pues el artista fue elaborando sus autorretratos a medida que iba construyendo su identidad. Se retrataba casi siempre con rostro juvenil, a menudo pintando frente al caballete o con la paleta, y con una mirada que interpela al espectador. En otras ocasiones, su autorretrato queda oculto y aparece en un lugar inesperado del lienzo, en medio de una iconografía más elaborada. A menudo utiliza para representarse distintos alter ego, como el ángel, el gallo, el asno, el macho cabrío o la cabra. Es el caso de Buenos días, París, La carretera de Cranberry Lake o El ángel de la paleta. Estas identidades híbridas están íntimamente ligadas a las experiencias de la migración y el desarraigo, pues con ellas el artista busca un mundo interior estable, un anclaje y una protección ante los acontecimientos externos que sacuden su vida y su obra.

RUSIA. PRIMERA GUERRA MUNDIAL
En mayo de 1911, gracias a una beca, Chagall se traslada a París. Allí, se relaciona con artistas como Fernand Léger y Amedeo Modigliani, y experimenta con los preceptos del cubismo y del futurismo. También entabla amistad como Guillaume Apollinaire. El estallido de la Primera Guerra Mundial le sorprende en Rusia, adonde había vuelto en 1914 movido por la esperanza de encontrarse con su prometida Bella. Entre las obras que realiza durante este período destaca la serie de dibujos a tinta china que plasman la dramática realidad de las tropas y de los soldados heridos. En pinturas como El vendedor de periódicos o La gaceta de Smolensk, el artista profundiza en la representación de las vivencias cotidianas de los habitantes de su ciudad natal durante la contienda.

RUSIA, ESE PAÍS QUE ES EL MÍO
En un poema de los años cuarenta, Chagall escribió: «Solo es mío / El país que está dentro de mi alma / Entro en él sin pasaporte / Como en mi casa». Ese «país» era su ciudad natal, Vítebsk, que el artista tendrá siempre presente a lo largo de su trayectoria. En sus pinturas incorpora figuras familiares y personajes de la vida popular y campesina de su juventud, imágenes de su shtetl (comunidad judía), con los campanarios y las cúpulas de las iglesias, las colinas e isbas nevadas y las orillas del río, el Dviná, como se muestra en La casa gris.
En 1917, Chagall acoge con gran entusiasmo la revolución bolchevique. Un año más tarde, el Comisario del Pueblo para la Educación, Anatoli Lunacharski, le nombra Comisario de Bellas Artes de la región de Vítebsk. Tras realizar los decorados para la celebración del primer aniversario de la Revolución de Octubre, se vuelca en la fundación de una escuela popular de arte y un museo, entidades de las que será director. Y tras ser cesado se irá a Moscú.

LA MODERNIDAD YIDIS. EL TEATRO NACIONAL JUDÍO DE CÁMARA DE MOSCÚ
En noviembre de 1920, Chagall fue invitado a colaborar con el Teatro Nacional Judío de Cámara de Moscú (GOSEKT) por su director, Alexis Granowsky, en el que todas las obras se interpretaban íntegramente en yidis, lengua de los judíos originarios de la Europa central y oriental. Para las paredes del teatro, Chagall realizó siete paneles sobre el tema de la proyección universal de las artes y la modernidad yidis: la Introducción, largo friso de más de siete metros, cuatro alegorías de las artes (La danza, El teatro, La música y La literatura), El amor en escena y El banquete de bodas, de los que se presentan en la exposición varios estudios preparatorios, y que juntos formaron «la cajita de Chagall».

LA MODERNIDAD YIDIS. LETRAS, PALABRAS E IMÁGENES
La Kultur Lige, una asociación nacida en Kiev que desempeñó un papel de primer orden en la difusión de la cultura yidis, alentó la ilustración de libros por parte de artistas de vanguardia, y a partir de 1920, Chagall participará como miembro de su sección artística, colaborando en libros y revistas literarias, tal como se muestra en esta sección.

NO SON TIEMPOS PROFÉTICOS
Tras pasar una temporada en Berlín en el verano de 1922 junto con su esposa Bella y su hija Ida, se trasladan en otoño de 1923 a París, donde retoman el contacto con amigos artistas e intelectuales como Ambroise Vollard. El marchante le encarga al artista la ilustración de algunos libros, entre los que se cuentan Las almas muertas de Gógol y las Fábulas de La Fontaine, una de las obras clásicas de la literatura francesa. Este encargo será el origen de una importante oleada de críticas basadas en el origen ruso de Chagall y que suponen un síntoma más del ascenso del antisemitismo en casi toda Europa. El 21 de septiembre de 1925, en una carta dirigida al crítico de arte Leo Koenig, el pintor escribe: «el tiempo no es profético, reina el mal». Durante estos años, antes y después de su viaje a Palestina en 1931, Chagall realiza una serie de retratos de rabinos y personajes portando la Torá que traslucen la incertidumbre ante el destino de un pueblo amenazado.

LA PINTURA COMO ACTO MILITANTE
En 1933, tan solo unos meses después de que Hitler hubiera ascendido al poder, el partido nacionalsocialista quemó, en una ceremonia pública y tras llevarlo en procesión por la ciudad de Mannheim, la pintura de Chagall El rabino. Se hacía real la amenaza al pueblo judío que el artista llevaba años anunciando en otras obras de estos años entre las que se encuentran Soledad o El buey desollado. A su llegada al poder, los nazis pusieron en marcha en Alemania una política cultural basada en la «purificación» del país. Una de las manifestaciones de esta persecución que se hicieron más populares fue la exposición Entartete Kunst [Arte degenerado] en 1937, con setecientas treinta piezas de un centenar de artistas, muchos de ellos judíos, entre los que no faltaba Chagall, con la intención de mostrar de forma pedagógica la «putrefacción» del arte moderno, un atentado contra la germanidad y la cultura del pueblo alemán. Si bien en un primer momento, y a pesar de la situación, el artista se resistió a abandonar Francia, en 1941, zarpó de Marsella rumbo a Lisboa para sumarse después al grupo de artistas exiliados en Nueva York.

A LOS ARTISTAS MÁRTIRES: ESCENAS DE LA GUERRA Y CRUCIFIXIONES
El 21 de junio de 1941, Marc y Bella Chagall daban comienzo un largo período de exilio. Durante este tiempo, la denuncia política de Chagall frente a las atrocidades cometidas contra el pueblo judío se manifiesta de modo más intenso si cabe, tanto por medio de su participación en diferentes asociaciones como a través de la representación de los horrores de la contienda en obras como La guerra. Uno de los motivos que más reiteró Chagall en sus obras de estos años, casi como si de una obsesión se tratara, fue el de la crucifixión. Cristos crucificados con un talit (paño blanco de oración) alrededor de las caderas, representados como el símbolo del sufrimiento del pueblo judío. Obra clave de este momento es el tríptico Resistencia, Resurrección y Liberación en el que se fusiona el simbolismo político y el religioso.

HACIA LA LUZ
A su vuelta a Europa en 1948 desde Estados Unidos, Chagall se instala en Francia, a orillas del Mediterráneo. Se embarca entonces en una serie de proyectos monumentales en torno al tema de la paz, como las vidrieras para la sinagoga del hospital Hadassah de Jerusalén (1962) o los tapices y mosaicos para la Knéset, el Parlamento israelí (1967), o sus proyectos de vidrieras para la sede de las Naciones Unidas en Nueva York (1963-1964) y la capilla de los Cordeleros de Sarreburgo (1974-1976). El pintor recurrió de nuevo a la Biblia para difundir mensajes de cariz más político, sin dejar de propugnar una espiritualidad y una paz universal. Este retorno se plasmó en los diecisiete cuadros del Mensaje bíblico (1956-1966), donados a Francia en 1966 para la creación del actual Musée National Marc Chagall de Niza, primer museo dedicado a un artista vivo.
El permanente diálogo que Chagall había iniciado en los años cincuenta entre técnicas diversas —como la escultura, la cerámica, la vidriera, el tapiz y el mosaico— le permitió explorar distintos materiales que le servirían para preparar su obra más monumental. Pero este diálogo también le ofreció la oportunidad de experimentar con otro tipo de técnicas, como el collage, para preparar obras de gran envergadura, como las ya citadas maquetas de las vidrieras para la sinagoga Hadassah (1960-1962), inspiradas en las doce tribus de Israel, y también los estudios de pinturas
entre las que se encuentran El homenaje, Huida a Sils Maria / Maternidad / Sobre el gallo alado o los bocetos para La caída de Ícaro, esa visión lúdica, de gran viveza y luminosidad, que cierra el despliegue.

Aproximación a la propuesta (del 1 al 10)
Interés: 9
Despliegue: 7
Comisariado: 7
Catálogo: 8
Documentación a los medios: 8

Fundación MAPFRE
Chagall. Un grito de libertad
Del 2 de febrero hasta el 5 de mayo de 2024
Comisarias: Meret Meyer (nieta del pintor) y Ambre Gauthier
Coorganizada junto a La Piscine – Musée d’Art et d’Industrie André-Diligent, Roubaix, y el Musée National Marc Chagall, Niza.
Sala de exposiciones, Paseo de Recoletos, 23, Madrid.
–Durante las dos primeras semanas de abril, tendrá lugar un ciclo de conferencias en seis sesiones que tratarán sobre algunos de los temas planteados por el discurso de la exposición, como la relación del arte con la guerra, la censura, el exilio o con la idea de reparación y de construcción de paz.