‘En diciembre de 2009, Coral Gutiérrez, compañera de José Ángel Valente, puso en mis manos un material que había sido celosamente guardado por ella durante casi un decenio y que había permanecido separado del conjunto de documentos y escritos dejados por el poeta a su muerte’. Andrés Sánchez Robayna presenta estas anotaciones escritas durante cuarenta años por el poeta como ‘el testimonio de una aventura intelectual y creadora de extraordinaria relevancia en la literatura hispánica contemporánea’. Bajo la forma de un diario de escritor, reseñas bibliográficas, citas y comentarios de libros, apuntes de poética, anotaciones sobre viajes, aforismos, reflexiones e incluso algún poema inédito se suceden sin más orden que el cronológico.
‘La poesía no sólo no es comunicación: es, antes que nada o antes, mucho de que pueda llegar —si llega— a ser comunicada, incomunicación, cosa para andar en lo oculto, para echar púas de erizo y quedarse en un agujero sin que nadie nos vea, para encontrar un vacío secreto, para adentrarnos en una habitación abandonada cuya puerta se pueda cerrar desde dentro sin que nadie en el exterior sospeche que una puerta se disimula en el muro, y para estarse allí en el claustro materno, seguros y escondidos, sin que nadie aparezca, sin que nadie nos saque a la luz pública, desnudos e indefensos, nos saque y nos suplicie y nos repita la sorda letanía cotidiana, la letanía aciaga de la muerte’, anota Valente el 9 de marzo de 1983 durante una estancia en París.
El Diario es una singular versión de su evolución intelectual y creadora a lo largo de más de cuarenta años. Prácticamente no está presente la persona, sus preocupaciones cotidianas, sus derivas vitales, sino únicamente el escritor, sus lecturas, sus reflexiones alrededor y ante su poesía. Aunque los editores afirman que ‘no faltan la ardiente declaración amorosa, los poemas inéditos o el desgarrado testimonio del dolor’, son excepciones puntuales. Se nos dice que ‘enriquece de manera absolutamente excepcional una obra literaria ya excepcional en sí misma’, pero lo hace a un nivel sólo interesante para expertos académicos. Pocas motivaciones encontrará el simple aficionado a la poesía, ni siquiera el entusiasta de los versos de Valente. Es un diario frío, es un diario clínico, es -sí- un diario anónimo.
José Ángel Valente (Orense, 1929-Ginebra, 2000) es considerado uno de los poetas españoles más significativos de la segunda mitad del siglo XX. Su obra se inició en 1955 con A modo de esperanza, e incluye La memoria y los signos (1966), El inocente (1970), Material memoria (1979), No amanece el cantor (1992) o el ya póstumo Fragmentos de un libro futuro. Una extensa selección de su obra lírica —El fulgor. Antología poética (1953-1996)— fue publicada por esta misma editorial, amén de los dos volúmenes de sus Obras completas, en edición de Andrés Sánchez Robayna.
‘Aún poseyendo una vaga noticia de la existencia de ese material, mi sorpresa no fue pequeña, escribe. Tenía ante mí varios centenares de páginas autógrafas que incluían notas de poética, apuntes biográficos, comentarios sobre lecturas de toda clase, primeras versiones de poemas, observaciones sobre la vida cotidiana, aforismos, borradores de ensayos con citas en varias lenguas (de poetas, filósofos, artistas, científicos), anotaciones sobre distintos viajes, referencias bibliográficas diversas e incluso algunos poemas inéditos. Esas páginas abarcaban más de cuarenta años, desde octubre de 1959 hasta enero de 2000, es decir, hasta el mismo año de la muerte del poeta. Las anotaciones, por lo demás, venían en su mayor parte fechadas. No tardé en advertir que tenía ante mí, en suma, un diario, si convenimos, con Philippe Lejeune, en que para que exista diario —en cualquiera de sus modalidades— la única condición es que se trate de una escritura fechada, esa clase de escritura que, por sus peculiares características, «hace visible el torbellino del tiempo»’.
El poeta hizo encabezar todas las ediciones de su libro Punto cero, recopilación de su poesía, con esta cita: «La palabra ha de llevar al lenguaje al punto cero, al punto de la indeterminación infinita, de la infinita libertad»; y debajo de esta cita escribió, entre paréntesis: De un diario anónimo. Pues bien, esas palabras se encuentran en una anotación fechada en agosto de 1969, con significativas variantes: ‘Porque toda palabra poética ha de dejar al lenguaje en punto cero, en el punto de la indeterminación infinita, de la infinita libertad’. Años después, el 3 de diciembre de 1986, el poeta escribió además lo siguiente: ‘Diario anónimo: papeles inéditos de personajes que probablemente no existen, pero que de algún modo debieran haber existido’.
Considera Robayna en su Prólogo que ‘estamos no sólo ante un poeta muy notable sino también ante un ensayista a quien se deben algunas de las más hondas reflexiones sobre la poesía y la experiencia poética escritas en lengua española en la segunda mitad del siglo XX. En los últimos años de su vida, Valente retomó una de sus referencias simbólicas más queridas —la filosofía de las formas simbólicas de Ernst Cassirer y su discípula norteamericana Susanne K. Langer— para señalar la distancia o la diferencia entre el lenguaje lógico, discursivo o «proposicional» y el mal llamado conocimiento «presentacional», que el autor de Mandorla asociaba a la poesía’.
Se necesita una exigente biografía de este poeta reservado, de este hombre de exilios y renuncias, de este oscuro funcionario traductor que escribía poesía en sus horas libres.
Aproximación a la obra (valoración del 1 al 10)
Aportación: 6
Interés: 5
Valor literario: 7
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Diario anónimo (1959-2000)
José Ángel Valente
Edición de Andrés Sánchez Robayna
2011, 368 pp., 22€.


