‘Los Persas’ es la obra de teatro más antigua que se conserva, 25 siglos la veneran. Esquilo es el primero del trío inmortal que completan Sófocles y Eurípides. La obra ha sido representada miles de veces en todas las culturas y en todas las épocas. Es un clásico por antonomasia, un monumento ante el que inclinarse. Una nueva versión, producida con dinero público, presentada en el teatro de mayor solera de la capital de España, tiene que tener cierto nivel, un grado de exigencia, un tender a la excelencia. Sin embargo, la que se estrenó ayer no tiene perdón de dios ni de las musas, y por desgracia así debemos decirlo.
No hay nada en estos Persas, con dramaturgia y dirección de Francisco Suárez, que pueda salvarse. Ni siquiera la versión de Jaime Siles, cuyos hipotéticos méritos no afloran. Ni siquiera el reparto, que naufraga desde el comienzo y va a peor todo el tiempo. Ni siquiera la escenografía, completamente equivocada en el espacio elegido, fallida en vestuario e iluminación, inaceptable en el miserable despliegue de recursos y en el uso de los mismos. Aunque lo peor probablemente sea la coreografía, esos movimientos del mensajero, del fantasma y del emperador, cada cual empeorando al anterior, que contribuyen esencialmente a hacer de esta obra probablemente la peor de esta temporada, por no hacer más memoria. Sólo podemos salvar la banda sonora de Juan de Pura, aunque apoyarse en Gorecki y Sostakovich sea su mayor mérito, la ambientación orientalista resulte sólo pasable y el cante jondo final no pegue ni con cola.
El problema surge cuando uno no reconoce a Esquilo, cuando la adaptación se convierte en un texto fofo, entre noticia y ripio, y la solemnidad casi sagrada de los parlamentos en cháchara de registros oscilantes, ni declamada ni dialogada, en un pantano indefinido donde chapotear sin fe. Naturalmente que adaptar el griego de hace 25 siglos a un escenario de hoy es difícil: hay nueve traducciones en los quince últimos años, -alguna encargada por el CSIC, el consejo superior de investigaciones científicas-, y un especialista como Agustín García Calvo ha realizado tres consecutivas siempre insatisfecho. Por poner un ejemplo: en el comienzo de la obra el coro de los dignatarios dice: ‘Aquí los que prendas nos llaman de fe/de los Persas que idos a la Hélade son,/y de la mansión rica en oros mil/guardianes también, que en razón de edad/el propio señor, Jerjes el gran rey,/de Darío nacido/eligió a velarle la tierra/’. Imposible. Hay que descodificarlo y ofrecerlo en castellano viable, de acuerdo. La versión del buen poeta Siles se entiende en general pero resulta ramplona a ratos y no termina de sonar con la solemnidad requerida.
El problema continúa cuando nos enfrentamos a una visión tan roma y cicatera como la aplicada por este director, que supuestamente es un especialista en los clásicos y que ha dirigido durante muchos años el especializado festival de Mérida. Primero, hay manipulación para sacar de lo que no hay, una relación torticera con la actual primavera árabe, una denuncia ambientalista, un alegato político. Se trata de otro ejemplo paradigmático de nuestra denuncia permanente sobre los ‘clasicocidios’ que se perpetran habitualmente en los escenarios españoles. Segundo, el pequeño formato y la proximidad del público permiten ahorro de medios pero exigen verosimilitud sin componendas. La pieza no consigue convencer.
Especialmente porque el elenco actoral no está a la altura. La aparición de Alicia Sánchez ya lo dice todo desde el inicio, pero ella será quizás la más creíble, y a partir de ella todo irá en retroceso. Todavía puede escucharse a un Miguel Palenzuela convencional, pero Inés Morales ya resulta poco creíble, Jesús Noguero se estrella enumerando las bajas de Salamina, Albert Vidal está patético como el fantasma del rey Darío, y lo de Críspulo Cabezas pataleando y braceando impunemente, pringoso y realmente repugnante de aspecto, es de vergüenza ajena.
Créanlo, no es agradable para nosotros criticar así, con el esfuerzo que en esta obra sin duda se ha depositado. Sería más cómodo pasar de largo. Decimos nosotros: ¿Por qué no ser más respetuoso, por qué no ceñirse a esta tragedia griega en sus sencillos componentes, el imprescindible coro, el proscenio, el tono solemne unificado de sus cuatro personajes, el trasfondo de la batalla, el contexto de la capital persa, el fantasma de Darío sin sobreactuaciones (y sin esa mesa/tumba de plástico sucio tan impresentable), el arrepentimiento de Jerjes sin patochadas. La obra tiene sus propios valores sin necesidad de proyectar manidas imágenes de la plaza Tahrir y de Gadafi, y de querer actualizarlos, puede intentarse reflexionando sobre el hecho de que los vencedores escriben la historia y de que la dramaturgia en sus orígenes comenzó tergiversando los hechos.
Como ha contado el mismo Suárez, «tenía previsto haber estrenado allí (en el Festival de Mérida) este espectáculo el año pasado. No me lo permitió la clase política, el PSOE de entonces. Me quedó esa espinita, pero siempre están los amigos. Llamé a Mario Gas, y me dijo: haz “Los persas” en la sala pequeña, como tú quieras». Mala idea. Y mal final para una buena temporada.
Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Adaptación del texto: 6
Dirección: 3
Interpretación: 4
Escenografía: 3
Coreografía: 2
Música: 6
Producción: 4
LOS PERSAS
de Esquilo
versión: Jaime Siles
dramaturgia y dirección:Francisco Suárez
Reparto: (Por orden de aparición)
Consejera Alicia Sánchez
Consejero Miguel Palenzuela
La Reina Inés Morales
Mensajero Jesús Noguero
La Sombra de Darío Albert Vidal
Jerjes Críspulo Cabezas
Equipo artístico
Escenografía Marcelo Pacheco y Alberto Esteban
Espacios Efímeros
Vestuario Ana Rodrigo
Iluminación Paco Ariza
Videoescena Pablo Vega
Música Juan de Pura
Espacio sonoro Ignacio Hita
Coreografía Alberto Arcos
Producción Teatro Español
TEATRO ESPAÑOL
SALA PEQUEÑA
Del 23 de junio al 24 de julio


