José Catalán Deus

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Una barranca tremendista

Si la novela original de Blasco Ibáñez es un duro drama rural, esta adaptación teatral busca más impacto aún, y la puesta en escena da casi miedo. De esta forma se tergiversa en sensacionalismo barato una trama interesante: cómo un colectivo social puede convertirse en el peor tirano espoleado por infundios y conjuras y creyendo buscar justicia, cómo la plebe es fácilmente manipulable, cómo la buena gente desata a menudo rencor en vez de emulación.

‘La barraca’ se publicó en el año fatídico de 1898. Es ‘naturalismo’ puro y duro, una exacerbación del realismo literario que descubría el mundo de los pobres, pero pintando la realidad de la forma más cruda posible, un infra proletariado de trastornados, malvados, alcohólicos, violentos y depravados personajes. El valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) fue su más conspicuo representante español, hasta que conoció mejor el mundo y la vida, y se convirtió en superventas mundial con ‘Los cuatro jinetes del apocalipsis’.

La novela describe en diez capítulos las duras condiciones de vida de la huerta valenciana en aquellos lejanos tiempos. El tío Barret se ve expulsado de la parcela que habían cultivado sus antepasados durante generaciones al no poder pagar el arrendamiento al propietario de la tierra, don Salvador. El huertano le mata, va a presidio y sus hijas a la prostitución. Los vecinos de la aldea, con Pimentó a la cabeza se conjuran para impedir que nadie vuelva a trabajar en esa parcela. Hasta que llega Batiste, su mujer Teresa y sus hijos Roseta, Batistet y Pasqualet, que, acuciados por la necesidad, se instalan en la finca y acceden a cultivar la finca abandonada a cambio de dos años de carencia en el pago del arrendamiento correspondiente. Lo hacen mejor que nadie y por eso se verán acosados por las gentes del lugar, que ven en su laborioso salir adelante un perjuicio más que un acicate. El hostigamiento llega a su punto culminante contra los hijos, y el pequeño Pasqualet fallece tras haber sido arrojado a una acequia. Un sentimiento de culpa y compasión invade la comunidad. Pero será temporal. Batiste se enfrenta a Pimentó en una trifulca tabernaria y pocos días después, al recibir Batiste un disparo, responde hiriendo de muerte a su agresor, que resulta ser Pimentó. Las represalias no se hacen esperar: la barraca donde habitan los Batiste es incendiada y ellos se ven obligados a marcharse con rumbo incierto.

Esta versión teatral no consigue transmitirnos el drama en su complejidad, porque no solo habla de injusticia social, y menos de ricos malos y pobres buenos, sino que denuncia a esa jauría que esconde la plebe cuando persigue al disidente. Y eso sería más actual que establecer paralelismos cogidos por los pelos con desahucios actuales. Dice la adaptadora Marta Torres (Albacete, 1965) que ‘en la versión teatral que propongo intervienen los personajes principales de la novela y unos entes a los que llamo “sombras” que encarnan a la masa de vecinos y otras presencias que ayudan a recrear atmósferas y el paso del tiempo. El texto está estructurado en tres partes: Pasado y presente, Los intrusos y El fuego’.

Dice la directora Magüi Mira Franco (Valencia, 14 de agosto de 1944) que es la historia de siempre, que nos habla de la eterna lucha entre la razón y la violencia, de una comunidad enferma con comportamientos salvajes: ‘Propongo un trabajo muy emocional en el que la interpretación de los actores y actrices esté cargada de verdad y de pasión, un trabajo muy visual en el que los intérpretes sean parte del dibujo escénico. Propongo un trabajo muy sensorial en el que la luz y el espacio sonoro me ayuden a dibujar el mapa emocional’.

Ese mapa emocional es tremendista, solazándose en los aspectos más brutales. La puesta en escena rehúye una ambientación con base historicista y la escenografía de Curt Allen y Leticia Gañán junto a la iluminación de José Manuel Guerra crean un lugar fantasmal que nos aleja de lo real rural y nos sitúa en lo artificial digital, un lugar poblado de criaturas extrañas, vestidas con algún delirio. La coreografía que mueve al personaje colectivo es de una expresividad pueril, y una música cinematográfica globalista colabora al desconcierto. Creemos que una contextualización más realista, incluso naturalista, pegaría más con el espíritu de la obra. Y ayudaría a comprenderla.

Porque el desarrollo de la trama dramática deja mucho que desear, tiene lagunas inexplicadas. Porque no pretende comprender al autor allí y entonces, sino aplicar latiguillos políticamente correctos del aquí y del ahora. El reparto se esfuerza en aplicar unas instrucciones de ampulosidad acongojante, de apretarle la garganta al espectador con el máximo de violencia y sufrimiento, una tarea en la que el personaje de Pimentó bate marcas sin duda. Sobre una novela tan descarnada se imponía quizás un tratamiento sereno y distanciador, y no un hundirse en el lodazal que se espesa del todo en una larga, violenta y desagradable borrachera colectiva que nos resultó insoportable: tenemos que confesar que no pudimos seguir en la sala hasta el final.

Esta versión teatral, si bien es un intento meritorio, no nos parece que extraiga de la novela una buena muestra de su potencial psicológico y narrativo, y creemos que se queda en un dramón fastidioso, más molesto que creíble. Hemos ojeado de nuevo la novela para reafirmarnos en sus muchos méritos, para comprobar que esta adaptación es un libertinaje desconsiderado, y para ratificarnos en nuestra opinión desaprobatoria del montaje.

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Interés, 5
Adaptación, 5
Dirección, 6
Puesta en escena, 5
Interpretación, 7
Producción, 8
Documentación para los medios, 8
Programa de mano, n/v

Centro Cultural de la Villa
La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez
Dirección: Magüi Mira
Adaptación: Marta Torres
Del 21 de mayo al 21 de junio de 2026

Intérpretes: Daniel Albaladejo, Antonio Hortelano, Jorge Mayor, Antonio Sansano, Patricia Ross, Claudia Taboada, Elena Alférez, Jaime Riba.

Ayudante de dirección Guillermo Delgado
Composición musical Santi Martínez
Diseño de escenografía Curt Allen y Leticia Gañán
Diseño de vestuario Magüi Mira
Diseño de iluminación José Manuel Guerra
Coreografía Marta Gómez
Producción ejecutiva Jesús Cimarro
Una producción de Teatro de Malta, Pentación Espectáculos y Olympia Metropolitana

De martes a sábado a las 20:00 horas
Domingos a las 19:00 horas
Duración 90 minutos aproximadamente.