Cada vez más, el gremio teatrero se perfuma con el incienso de su gran aportación al mundo, del enorme significado de su oficio, como si no fueran simples comparsas de la sociedad del espectáculo. Este diálogo cuya mayor virtud es su poca duración ya estaba en el tema hace medio siglo y ahora retorna sin tener en cuenta que nos pilla fatigados de banal ombliguismo.
Sinopsis oficial: París en un futuro cercano, Gabrielle de Beaumont, una actriz de moda es invitada por una marquesa de aficiones extravagantes a visitarla en su palacio. Allí recibirá el encargo de interpretar una pieza teatral sobre la muerte de Sócrates, escrita por la propia marquesa, desencadenando una serie de reflexiones sobre el arte de actuar y una trampa para someterla a un experimento mortal. Dice la marquesa: ‘En la vida real como trataba de explicarle antes actuamos… todos nosotros en todo momento… esta actuación cotidiana es por otro lado absolutamente necesaria para la supervivencia del estatus social… Incluso para nuestra propia supervivencia como individuos’. Quizás haya alguien que no lo haya pensado u oído veinte veces, pero habría que buscarlo con candil.
Este diálogo entre una aristócrata y una comedianta quiere ser una exploración profunda y peligrosa de lo que supuestamente escondería el teatro, ‘el riesgo de dedicarse a una actividad que no puede garantizar éxito económico, familiar o mental’, nos dicen, como si los otros oficios pudieran asegurarlo. Neguemos la mayor: no hay nada heroico en el teatro, no hay nada excepcional, es una actividad de personas corrientes, eso sí, especialmente falsos, fatuos, presumidos y vanidosos. Por eso resulta cargante esta propuesta como tantas otras variaciones banales metateatrales que abundan hoy día.
Rodolfo Sirera cuando la estrenó en 1993 en Barcelona, con sus personajes masculinos originales, escribía que uno de los momentos clave de su pieza nos hace reflexionar sobre los prejuicios. Si varía nuestra manera de actuar según con quién estamos, es que no somos todos actores, no nos encargamos, quizás, de llevar siempre una máscara que esconde nuestros miedos y ansiedades. También aseguraba que otro de los temas abordados es la superficialidad, que las categorías sociales son también esto, una simple convención, pero que todos nos dejamos llevar por lo externo, lo superficial, para prejuzgar a las personas con las que tratamos. Y que sólo la muerte es la única verdad. Sólo la muerte impone límites. Si tal descubrimiento rompedor le atrae, acuda raudo, porque además el discurso termina con que únicamente en el teatro, la muerte, la verdad objetiva, resulta traicionada. O sea, que sobre las tablas los actores fingen muertes todos los días y luego se van a cenar tan ricamente. Interesante.




